LA LOBO. ESTA MAÑANA.
La diferencia entre la estigmatización de un signo y la vocación estilística, no es tanta como en un principio pudiera parecernos.
La estructura, existente y dada desde hace siglos, se superpone ante el texto como una plantilla y se hace imposible el ir más allá de los límites. Se instaura un fundamentalismo, que de por sí es severo, en la base de la pirámide que es trófica, encauzando burda pero violentamente, la que en su adolescencia ya crecía rancia, esto es, la imaginación.
Así, no es suficiente el desuso de la letra, sino que sería necesaria extirparla definitivamente e ir más allá, evaporarla de nuestra memoria, anular la influencia de su aprendizaje para así tener alguna esperanza de alcanzar un flujo libre, una emancipación de la idea y un desbordamiento extravagante del instinto, sí, instinto, porque sabemos que ahí se encuentra, latente como una espora fría y acechante.
El calor llega. Llega y lo deshace todo con sus pesquisas, con su ojo de clínico y su dedo penetrante, ese que llega hasta las llagas más profundas y las refresca de agilidad, las desacostumbra de pus y las lustra de elegante relámpago.
Ese momento, después de un campo dónde eso, no se sabe si es niño o flor, si tiene pelos o pétalos y después de habernos extasiado las córneas ante tal ostentación celulósica, en ese momento, es cuando estamos listos para despojarnos de identidades y cambiarnos de traje, aunque sea solo por un rato.
Yo también quiero ser un niño-flor.
La estructura, existente y dada desde hace siglos, se superpone ante el texto como una plantilla y se hace imposible el ir más allá de los límites. Se instaura un fundamentalismo, que de por sí es severo, en la base de la pirámide que es trófica, encauzando burda pero violentamente, la que en su adolescencia ya crecía rancia, esto es, la imaginación.
Así, no es suficiente el desuso de la letra, sino que sería necesaria extirparla definitivamente e ir más allá, evaporarla de nuestra memoria, anular la influencia de su aprendizaje para así tener alguna esperanza de alcanzar un flujo libre, una emancipación de la idea y un desbordamiento extravagante del instinto, sí, instinto, porque sabemos que ahí se encuentra, latente como una espora fría y acechante.
El calor llega. Llega y lo deshace todo con sus pesquisas, con su ojo de clínico y su dedo penetrante, ese que llega hasta las llagas más profundas y las refresca de agilidad, las desacostumbra de pus y las lustra de elegante relámpago.
Ese momento, después de un campo dónde eso, no se sabe si es niño o flor, si tiene pelos o pétalos y después de habernos extasiado las córneas ante tal ostentación celulósica, en ese momento, es cuando estamos listos para despojarnos de identidades y cambiarnos de traje, aunque sea solo por un rato.
Yo también quiero ser un niño-flor.

2 Comments:
Supongo que me va más el papel de jardinero de barrio...
Hee, he, hee...con una manguera, regando parterres...o abonando la tierra con los excrementos del señor Takashi Miike en "Big Bang Love: Juvenile A"...que bodrio, oiga.
Que bien que estés.
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