LA MANO MARRÓN.
Un hombre, sentándose en un banco, le recita a otro que sentado en él, llora dolorosamente:
¿Será el martirio del líquido
el tener que brotar de los ojos,
con magia nacer en su orilla
para despeñarse después
en la llanura de una triste mejilla?
Yo me llamo Federico García, como Federico García Lorca. ¿No le parece a usted una maravillosa y poética casualidad? Claro que no he sido reconocido en mi arte, ni asesinado aún en vida. -
¿Quiere que le recite unos versos a ver si se anima? -
- No me joda, ¿no ve que estoy destrozado? -
- Bueno, bueno, no se ponga usted así. Yo solo quería distraerle un poco. No sabe cuanto lo siento, pero mis poemas le aseguro le sacarían de todo ese disgusto que lleva usted encima. -
- Déjeme en paz, por Dios. Me está sacando de quicio. -
- Está bien, está bien. Ya me callo. -
El hombre, que le había mirado un momento con los ojos y los capilares encharcados de lágrimas y sangres respectivamente, siguió sollozando con la cabeza entre las manos y ligeramente encorvado hacia delante, retorciéndose los pelos con fuerza, quedándole estos alzados en una cresta exactamente en lo alto de la coronilla.
- Dios me perdone que le vuelva a molestar, ¿pero no quiere un pañuelito? Mire lo tengo aquí mismo, está recién lavado y huele a lavanda, seguro que el olor le apacigua un poco el nervio. -
Sin levantar la cabeza, extiende el brazo, le roba el pañuelo de entre las manos y se suena con fuerza. Como si el llanto se le hubiera huido por los orificios nasales, el hombre quedó en calma, pero pensativo por dentro pues se afanaba en mirar atentamente el trocito de suelo que quedaba acotado entre sus pies, entre el derecho y el izquierdo y viceversa.
- ¿Querría explicarme, qué es lo que tanto le aflige? -
- Yo era muy feliz en mi vida. Trabajaba en una oficina, tenía mujer e hijos, una casa estupenda, con jardín y piscina…todo me iba de fábula, pero un día de absoluto bochorno, me vine a sentar a este banco mientras cruzaba el parque para resguardarme en la sombra de los árboles.
Aquí mismo, otro hombre se abanicaba con…no se lo va a creer, con….¡con una mano humana! No con la suya, sino con otra…o sea ¡que tenía tres manos! Yo no daba crédito y pensé que se trataba de una broma. Hacía pues que no lo veía y miraba las fuentes y los pajaritos distraídamente. Pero aquel hombre, empezó a contarme “la extraña historia del hombre marrón”. -
- ¿Cual? -
- El hombre marrón era un hombre que todo lo tenía marrón, botas, corbatas, calzoncillos, camisas y abrigos. Todo marrón. Además de ser marrón su vestimenta, también era marrón por dentro. En la mente. Su cerebro y sus pensamientos eran marrones. De un marrón como el color de la mierda.
Un día, se le enganchó un hilito marrón que le colgaba del bajo en una valla. No se dio cuenta hasta casi haber llegado a su casa cuando solo le quedaba la cinturilla y las presillas marrones del pantalón marrón. Echó la vista atrás y vio como un chorrillo marrón cubría toda la calle y se perdía en una esquina. Pensó que había ido perdiendo cerebro marrón por el camino y se volvió loco de remate, ahí, en medio de la calle y en calzoncillos marrones. A partir de ese momento empezó a escribir libros de autoayuda. -
- Pues no entiendo la tragedia. -
- El hombre que me contó la historia, me dijo que era el Dios del Subconsciente y que podía decidir cuando y cómo la gente se volvía loca para luego sanarla de nuevo y así sucesivamente. Así fue como volvió loco al hombre marrón. -
- Que absurdo. ¿Y usted se lo creyó? -
- ¡Por supuesto que no! Yo no hacía más que mirarle y pensar que el tipo estaba como una regadera, pero salir de nuevo a la solanera era un infierno, así que me quedé un rato más junto a él mientras hablaba. Como creo que lo que pretendía era incomodarme y yo no me asustaba, el tipo empezó a ponerse algo nervioso y empezó a declamar con voz profunda, palabras en un idioma que no acerté a identificar. Y luego un cuento, y otro cuento, y otro y otro y otro…….y ninguno tenía sentido alguno. No sé cuanto tiempo pasó, cuando empecé a darme cuenta de que me estaba volviendo, efectivamente, loco de atar. Deseaba bailar la sardana con un traje de lagarterana y tocar las castañuelas subido a una mesa camilla. O convertirme en caballito de mar y nadar y nadar y nadar hasta el mar y más allá de los confines conocidos por el hombre hasta llegar al centro de la tierra donde me esperaran a tomar el té de las cinco y escribir una tesis postdoctoral sobre “la catástrofe del pensamiento contemporáneo y sus implicaciones en la elección del uniforme de los dependientes de los economatos”.
Él Dios del Subconsciente se marchó satisfecho, dejándome sumido en una honda esquizofrenia paranoide que derivó en una profunda insatisfacción personal y una tristeza extrema en la que usted ha tenido la desgracia de hallarme. -
- No lo he entendido muy bien. -
- Ni falta que le hace, pero mire, de recuerdo me dejó la mano amputada para que me abanicara con ella mientras. -
Saca la mano de debajo de la chaqueta del traje y la blande delante de la cara de Federico García que la mira horrorizado.
- Según me dijo, la mano pertenecía a un tal Jorge Bucal que escribía libros de autoayuda para gente deprimida. A mí me gustaría regalársela ahora a usted para que siga escribiendo esos poemas tan bonitos. La mano, creo que le será de una gran ayuda. -
- Está bien, me la quedo. Pero ¿y el tal Jorge Bucal? ¿No cree que la echará en falta? -
- No, no lo creo. Se ve que nunca la necesitó porque escribe sus libros con la punta del capullo.-
- Ah. En ese caso…-
¿Será el martirio del líquido
el tener que brotar de los ojos,
con magia nacer en su orilla
para despeñarse después
en la llanura de una triste mejilla?
Yo me llamo Federico García, como Federico García Lorca. ¿No le parece a usted una maravillosa y poética casualidad? Claro que no he sido reconocido en mi arte, ni asesinado aún en vida. -
¿Quiere que le recite unos versos a ver si se anima? -
- No me joda, ¿no ve que estoy destrozado? -
- Bueno, bueno, no se ponga usted así. Yo solo quería distraerle un poco. No sabe cuanto lo siento, pero mis poemas le aseguro le sacarían de todo ese disgusto que lleva usted encima. -
- Déjeme en paz, por Dios. Me está sacando de quicio. -
- Está bien, está bien. Ya me callo. -
El hombre, que le había mirado un momento con los ojos y los capilares encharcados de lágrimas y sangres respectivamente, siguió sollozando con la cabeza entre las manos y ligeramente encorvado hacia delante, retorciéndose los pelos con fuerza, quedándole estos alzados en una cresta exactamente en lo alto de la coronilla.
- Dios me perdone que le vuelva a molestar, ¿pero no quiere un pañuelito? Mire lo tengo aquí mismo, está recién lavado y huele a lavanda, seguro que el olor le apacigua un poco el nervio. -
Sin levantar la cabeza, extiende el brazo, le roba el pañuelo de entre las manos y se suena con fuerza. Como si el llanto se le hubiera huido por los orificios nasales, el hombre quedó en calma, pero pensativo por dentro pues se afanaba en mirar atentamente el trocito de suelo que quedaba acotado entre sus pies, entre el derecho y el izquierdo y viceversa.
- ¿Querría explicarme, qué es lo que tanto le aflige? -
- Yo era muy feliz en mi vida. Trabajaba en una oficina, tenía mujer e hijos, una casa estupenda, con jardín y piscina…todo me iba de fábula, pero un día de absoluto bochorno, me vine a sentar a este banco mientras cruzaba el parque para resguardarme en la sombra de los árboles.
Aquí mismo, otro hombre se abanicaba con…no se lo va a creer, con….¡con una mano humana! No con la suya, sino con otra…o sea ¡que tenía tres manos! Yo no daba crédito y pensé que se trataba de una broma. Hacía pues que no lo veía y miraba las fuentes y los pajaritos distraídamente. Pero aquel hombre, empezó a contarme “la extraña historia del hombre marrón”. -
- ¿Cual? -
- El hombre marrón era un hombre que todo lo tenía marrón, botas, corbatas, calzoncillos, camisas y abrigos. Todo marrón. Además de ser marrón su vestimenta, también era marrón por dentro. En la mente. Su cerebro y sus pensamientos eran marrones. De un marrón como el color de la mierda.
Un día, se le enganchó un hilito marrón que le colgaba del bajo en una valla. No se dio cuenta hasta casi haber llegado a su casa cuando solo le quedaba la cinturilla y las presillas marrones del pantalón marrón. Echó la vista atrás y vio como un chorrillo marrón cubría toda la calle y se perdía en una esquina. Pensó que había ido perdiendo cerebro marrón por el camino y se volvió loco de remate, ahí, en medio de la calle y en calzoncillos marrones. A partir de ese momento empezó a escribir libros de autoayuda. -
- Pues no entiendo la tragedia. -
- El hombre que me contó la historia, me dijo que era el Dios del Subconsciente y que podía decidir cuando y cómo la gente se volvía loca para luego sanarla de nuevo y así sucesivamente. Así fue como volvió loco al hombre marrón. -
- Que absurdo. ¿Y usted se lo creyó? -
- ¡Por supuesto que no! Yo no hacía más que mirarle y pensar que el tipo estaba como una regadera, pero salir de nuevo a la solanera era un infierno, así que me quedé un rato más junto a él mientras hablaba. Como creo que lo que pretendía era incomodarme y yo no me asustaba, el tipo empezó a ponerse algo nervioso y empezó a declamar con voz profunda, palabras en un idioma que no acerté a identificar. Y luego un cuento, y otro cuento, y otro y otro y otro…….y ninguno tenía sentido alguno. No sé cuanto tiempo pasó, cuando empecé a darme cuenta de que me estaba volviendo, efectivamente, loco de atar. Deseaba bailar la sardana con un traje de lagarterana y tocar las castañuelas subido a una mesa camilla. O convertirme en caballito de mar y nadar y nadar y nadar hasta el mar y más allá de los confines conocidos por el hombre hasta llegar al centro de la tierra donde me esperaran a tomar el té de las cinco y escribir una tesis postdoctoral sobre “la catástrofe del pensamiento contemporáneo y sus implicaciones en la elección del uniforme de los dependientes de los economatos”.
Él Dios del Subconsciente se marchó satisfecho, dejándome sumido en una honda esquizofrenia paranoide que derivó en una profunda insatisfacción personal y una tristeza extrema en la que usted ha tenido la desgracia de hallarme. -
- No lo he entendido muy bien. -
- Ni falta que le hace, pero mire, de recuerdo me dejó la mano amputada para que me abanicara con ella mientras. -
Saca la mano de debajo de la chaqueta del traje y la blande delante de la cara de Federico García que la mira horrorizado.
- Según me dijo, la mano pertenecía a un tal Jorge Bucal que escribía libros de autoayuda para gente deprimida. A mí me gustaría regalársela ahora a usted para que siga escribiendo esos poemas tan bonitos. La mano, creo que le será de una gran ayuda. -
- Está bien, me la quedo. Pero ¿y el tal Jorge Bucal? ¿No cree que la echará en falta? -
- No, no lo creo. Se ve que nunca la necesitó porque escribe sus libros con la punta del capullo.-
- Ah. En ese caso…-
Pasado un tiempo, un tal Federico García ganó el primer premio del decimoquinto certamen celebrado en Calasparra “Poemas y Babas” con el poema titulado “Un HURRA por la VIDA y por todos sus usuarios” que apareció publicado en la página dos del diario “El CUENTO” en el año 1982 y que abstenemos de reproducir aquí dada la violencia de sus metáforas y su ansia irrefrenable por asirse a la vida como una lapa. El jurado, compuesto de un hombre vestido de marrón y un chimpancé, desaparecieron misteriosamente de Calasparra momentos después de emitir su veredicto aunque corren rumores de que fueron avistados con dificultad, por un satélite termográfico en el polo sur, junto a una colonia de musgos antárticos capaces de sobrevivir a tan bajas temperaturas.

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