López, un relato no póstumo.
En una oficina, unos hombres quieren hacer una apuesta pero nadie tiene dinero y pactan arriesgar lo más valioso que para cada uno fuera.
Lopez apostó el jersey de pelo de llama andina, que había tejido su abuela y que calentaba más que un abrigo de pieles.
Gomez en su turno y con una mano temblorosa coloca su triciclo a motor delicadamente sobre la mesa mientras una gotita humedece una de las tres rueditas.
Pérez se levantó la pernera izquierda, desprendió los broches de cuero y se desencajó la pantorrilla colocándola junto al pedal del triciclo, se sujetó a la esquina de la mesa y se volvió a bajar la pernera vacía.
Sánchez, que a estas alturas del envite solo rascaba nerviosamente pelusa en un bolsillo, se hudió la mano bajo el esternón, cercenó su corazón con los dedos y latiente lo depositó sobre el jersey de lana de llama andina asegurando que era un buen corazón, un corazón amante, un corazón henchido de alegría, un corazón conformista, un corazón pinturero, un corazón de batalla, de campo, cama y playa, gentil, bucólico y retórico, de pana, raso y armiño que para según la ocasión, cambiaba de armazón, de idea o principios.
Y dicho esto, se quedó mirando al infinito, que no se sabía donde estaba, pero parecía buscarlo en una pared con los labios resecos como si nunca, para hablar los hubiera despegado.
El dueño del triciclo a motor ganó la apuesta. Se pegó el número uno en la espalda del jersey de lana de llama andina, agarró la pierna ortopédica a modo de stick y aplastó el corazón con el tacón para que adoptara una forma de bola.
A López se le ponen los pezones duros de tanto estar al aire, Pérez encaramado a la mesa parece un guiñol al que no le han metido la mano y Sánchez un poco lívido animan a Gómez como si estubieran en un partido.
Agarra la ortopedia por la rodilla, golpea con la parte interna del pie y lanza el corazón entre las patas de la mesa marcando un golazo que todos aplauden y gritan. El corazón rebota contra un archivador y sale disparado por la ventana entre los vítores de los oficinistas, incluído los del señor Sánchez que ahora era un desalmado más.

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